Antes del DILUVIO

¿Se jugaría su pensión a la lotería?: el día que la responsabilidad cambió de bando

Imagine que tiene una deuda de 900 euros y le proponen jugársela a una lotería, con las siguientes condiciones: si gana, se libra de la deuda, pero si pierde, paga 1000. Además, la probabilidad de ganar es un 10 por ciento. ¿Qué haría usted? ¿Jugaría?

El psicólogo del comportamiento Daniel Kahneman ganó el Premio Nobel de Economía en 2003 por su estudio de elecciones bajo incertidumbre, similares a la que acabo de presentar. Encontró que la mayoría de las personas son propensas a participar en juegos aleatorios cuando parten de una situación de pérdida. Al contrario de lo que ocurre cuando lo que se ofrece es una ganancia potencial: entonces somos muy contrarios al riesgo.

Esta reflexión viene a cuento de las escenas vividas el pasado ocho de febrero en el Congreso de los Diputados, dentro de la Comisión de Seguimiento del Pacto de Toledo, durante la comparecencia de José Luis Escrivá, director de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal, AIReF. El amable lector puede contemplar la escena por sí mismo a través de la página web del Congreso (congreso TV/archivo audiovisual)  o de la AIReF.

La comparecencia discurrió por los cauces habituales en lo relativo a las previsiones a corto y medio plazo de la situación financiera del Sistema de la Seguridad Social. El déficit para 2017 se estima en unos 17 mil millones de Euros, la mayor deuda que el Sistema ha tenido hasta el momento, y no se espera que se reduzca a corto plazo. Hasta ahora, estos déficits no han sido  visibles gracias al Fondo de Reserva, pero éste se agotará en el presente año y será preciso tomar nuevas medidas recaudatorias para hacer frente al pago de las pensiones. Por otro lado, la subida de la inflación anuncia una importante pérdida de poder adquisitivo de los pensionistas. Las perspectivas a más largo plazo tampoco son halagüeñas, o al menos esa ha sido la opinión mayoritaria de los comparecientes ante la Comisión, que arrancó sus sesiones a finales del año pasado. El objetivo es que los miembros de dicha comisión hagan sus recomendaciones al gobierno para afrontar el futuro del Sistema en mejores condiciones. No parece aventurado afirmar que el punto de partida para estas recomendaciones es el de una situación de pérdida cierta.

Pero entonces llegaron las revelaciones sensacionales por boca del Sr. Escrivá. Afirmó “que prácticamente todos los estudios” han supuesto un escenario futuro demasiado pesimista. No contemplan que la demografía, el mercado de trabajo o los resultados de las reformas aplicadas podrían ser muy favorables. Criticó en especial el uso de las proyecciones demográficas del INE que “todos los estudios que nosotros hemos visto y que les hayan contado aquí, todos usan, tomándolas como dadas al año 2050″ (sic). Estas proyecciones apuntan hacia una enorme reducción de la población en el futuro, algo que el compareciente descartó porque “supone que este país va a ser japonés”.

Sobre mercado de trabajo, criticó que los estudios más favorables solo proyecten una recuperación de las tasas de empleo hasta los niveles existentes en 2007 antes de la crisis. En su lugar, presentó resultados en los que nuestro mercado de trabajo mejora hasta el punto de comportarse igual que el mercado alemán actual (economía que, como el lector conoce bien, roza el pleno empleo con una tasa de paro de menos del 6%).

Para terminar, enfatizó que la reforma de 2011 podría reducir el peso del gasto en pensiones en relación al PIB en 5 puntos, “estimación que hemos hecho nosotros, pero no hemos visto nadie que las haya hecho hasta ahora” (sic).

Repitió insistentemente la idea de que “solo nosotros y nadie antes” ha hecho determinado cálculo, en un poco sutil descrédito hacia otros especialistas que han trabajado en este área, algunos durante más de veinte años. Incluso recordó que estos analistas ya se equivocaron en los primeros años de la década pasada, al no anticipar la llegada de grandes cantidades de inmigrantes (atraídos en parte por la burbuja inmobiliaria). Con estos precedentes es fácil atribuirles un fallo similar respecto a las previsiones para 2050.

Al final de dicha intervención había presentado una alternativa a las penurias actuales, una visión del futuro  muy alejada de los miedos propuestos por otros economistas. Había, en suma, una probabilidad (no cuantificada, pero vívida) de que la pérdida temida podría no tener lugar. Podrían, quizás, evitar los dolorosos costes de un recorte inmediato de pensiones (si se aplicase una revalorización del 0.25% pese a una inflación seguramente superior al 2%). En su lugar, existía la posibilidad de esperar que todo fuese bien y que la situación se arreglase gracias a esfuerzos anteriores (reforma de 2011) y a posibles mejoras del mercado laboral (que no competen al ámbito de decisión de la Comisión). Por si alguno de los asistentes aún tuviese dudas, la presentación se cerró con una sugerencia sobre la mejor forma de afrontar la situación:

“Cuando uno es consciente de las incertidumbres, yo creo que uno puede relajarse mucho más”.

En mi opinión, la propuesta de utilizar la incertidumbre para relajar la prudencia no es responsable. Revela una completa falta de comprensión sobre cómo deben tomar decisiones racionale las personas que no son amantes del riesgo.  El estándar normativo para estas situaciones (la teoría de la utilidad esperada de Von Neumann-Morgensten) indica que la prudencia debe ser mayor que en situaciones menos inciertas. Piense el lector en términos de cambio climático. ¿Debemos relajarnos por que exista una posibilidad de que no ocurra nada malo? ¿La lógica incertidumbre sobre lo que sucederá a largo plazo es razón para relajar las medidas de protección del medio ambiente hoy en día?

No creo que el profesor Kahneman se sorprendiese mucho de que los componentes de la comisión optasen por la nueva alternativa arriesgada. El entusiasmo que esta intervención suscitó en algunos de ellos era manifiesto. El más explícito fue el Sr. Alberto Montero (GP confederal de Unidos podemos- En Común Podem-En Marea), que no podía esconder su satisfacción: “Si usted hubiese hecho esta presentación el primer día (…) nos habríamos ahorrado una cantidad de intervenciones donde se nos viene diciendo que el mundo se va a hundir en el 2050 (…). (ha dibujado) un largo plazo que nadie ha dibujado en estos términos (…) Esta situación que usted nos presenta es maravillosa (…) estoy tan contento que no doy ni para preguntarle...”

Pronto sabremos si este encantamiento se traduce en cambios concretos (marcha atrás en las reformas de 2013).  En opinión del que esto escribe, son necesarios cambios pero no en la dirección sugerida.  Entre otras razones, porque la comparecencia está llena de afirmaciones que dan la impresión de que las probabilidades de la solución “mágica” son mayores que las reales. Existe, por supuesto, mucha incertidumbre respecto de las proyecciones a largo plazo, y es seguro que algunos estudios tienen intereses partidistas. Pero no es cierto que ignoren la incertidumbre de forma sistemática o que la mayoría de los estudios adopte escenarios base premeditadamente pesimistas. El mejor contra-ejemplo son las últimas proyecciones para España del grupo de Envejecimiento de la Comisión Europea, que utilizan un escenario demográfico mucho más favorable que el del INE, suponen un aumento de la tasa de empleo que nos haría, en efecto, alemanes, incorporan la últimas reformas e incluyen un amplio análisis de entornos económicos alternativos.

Es cierto que el sistema actual necesita una reforma pausada, alejada de los intereses inmediatos de los partidos políticos. Es cierto que el énfasis casi exclusivo en la sostenibilidad financiera del sistema actual es inadecuado. Y es cierto que el actual mecanismo de revalorización repercute injustamente todos los costes del ajuste sobre los pensionistas. Todo eso debe corregirse, pero dar marcha atrás sin más con la reforma de 2013 nos pondría en una situación aún peor. Como en el ejemplo que abría este artículo, nos permitiría retrasar un poco más los dolorosos ajustes necesarios en el valor de nuestras pensiones, pero al precio de jugarnos a la lotería las pensiones y los ingresos futuros de nuestros trabajadores. Ése es un décimo que, en mi opinión, no nos conviene comprar.

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