Antes del DILUVIO

Enfrentando riesgos futuros: el balance entre el individuo y la colectividad

En “El mono desnudo”, el antropólogo Desmond Morris reflexiona sobre la extrema complejidad de la vida humana, en comparación con la vivencia cotidiana de otras especies que habitan nuestro precioso mundo azul. En particular, la incertidumbre por lo que el futuro nos depare proyecta sombras de dudas sobre nuestra realidad presente. Para algunos, estas sombras suponen un estímulo de superación, responsabilidad y reafirmación personal. Para la mayoría, en cambio, resulta difícil gestionar la angustia y el desasosiego que genera el miedo al futuro.

La naturaleza (y nuestras costumbres sociales) nos protegen de estas agonías durante nuestra infancia y adolescencia. El choque con la realidad es, en cualquier caso, inevitable. La forma en que finalmente nos enfrentemos (con mayor o menor consciencia) a la realidad de nuestro mundo y nuestra naturaleza (frágil y llena de claroscuros) definirá, en buena parte, algunos de los rasgos básicos de nuestra personalidad y carácter en esta vida.

Generalizando, hay tres líneas de respuesta posibles ante las incógnitas del futuro:

  1. la afirmación individual
  2. la dilución del riesgo en el colectivo (“pooling of risks”)
  3. la evasión

 

El equilibrio personal depende de una adecuada combinación de las tres. Comenzando por la última de ellas, desplazar a un segundo plano la mayoría de los riesgos futuros nos permite disfrutar más del presente. De otro modo estaríamos paralizados. Pero el grado óptimo de ”inconsciencia frente al futuro” no puede ser total, ya que nos dejaría totalmente inermes ante los caprichos de la suerte. Durante años viviríamos alegremente sólo para ser arrollados por la llegada de la enfermedad, la incapacidad profesional, la jubilación o la muerte de nuestros seres queridos. Es imprescindible dedicar algo de tiempo a entender y prevenir los riesgos inherentes a nuestra condición humana y tomar las medidas necesarias ante ellos (para, una vez preparados, volver a nuestras vidas cotidianas con plena atención al presente). Lamentablemente, tenemos una tendencia natural a postergar los decisiones inciertas con efectos futuros. Esta tendencia supone una amenaza cierta para nuestra supervivencia colectiva  (como se discute, por ejemplo, en este precioso podcast del NPR dedicado al cambio climático).

Pero mantengámonos en el ámbito del individuo ¿Qué medidas debemos tomar frente a nuestros riesgos personales? Para concretar, adoptemos la perspectiva del reto que nos presenta nuestra jubilación y, más en general, los “shocks” que se producen en las fases más avanzadas de nuestro ciclo vital (cuando nuestra capacidad de generar ingresos es ya muy reducida).  Una buena preparación  debe basarse en parte en una respuesta colectiva y en parte en la responsabilidad individual. El peso de cada una depende del lugar de residencia, ya que el desarrollo de las instituciones públicas que nos protegen de los riesgos futuros ha sido bastante desigual en el tiempo y entre países. Estamos hablando de mecanismos como:

  1. Las pensiones contributivas de jubilación.
  2. La disponibilidad de un sistema público de salud fundamentalmente gratuito.
  3. Los seguros contributivos frente a la invalidez, la incapacidad y los accidentes laborales.
  4. El seguro de desempleo.
  5. Las prestaciones de viudedad y orfandad.
  6. Las prestaciones en situación de dependencia (todavía en distintas fases de desarrollo en España).

 

Según la forma en que se financien, estos seguros públicos pueden tomar dos formas. Los sistemas contributivos se financian con ahorro forzoso en forma de cotizaciones sociales pagadas por sus futuros beneficiarios, mientras que los mecanismos no contributivos se financian con impuestos generales. En el mundo existen ejemplos de ambos tipos de sistemas (modelos de “Bismark” vs “Beveridge”). Los primeros suponen, en general, un mayor grado de protección pública, mientras que en los segundos se cubre un mínimo social garantizado y se deja más protagonismo al papel del individuo.  Niall Ferguson o Robert Shiller revisan la forma en que algunas de estas instituciones fueron introducidas a lo largo de la historia reciente. A día de hoy, todos los países desarrollados incorporan, en mayor or menor grado, seguros colectivos contra las principales incertidumbres, aunque la cobertura dista mucho de estar cerrado. Por citar sólo dos ejemplos actuales, EEUU está inmerso en un complejo proceso de promoción pública de seguros sanitarios (el “Obamacare”), mientras que el Reino Unido ha eliminado la conversión forzosa del ahorro de pensiones a rentas vitalicias a los 75 años, (reintroduciendo de ese modo el riesgo de longevidad entre los pensionistas).

España es de los países en que esta protección es más completa y,  en general,  de una calidad sobresaliente  (con la salvedad de la cobertura de los cuidados a largo plazo, cuyo desarrollo y financiación permanecen incompletos).  Es importante reconocer la importancia para nuestro bienestar individual de este componente colectivo de seguro. En un tiempo de crítica generalizada contra los logros de la España constitucional, sólo podemos alabar el esfuerzo por crear una red amplia y completa de seguros que nos protegen de algunos de los más devastadores golpes del destino. Han contribuido de modo decisivo a mejorar nuestra calidad de vida presente y futura.

Por supuesto, esta cartera de servicios se sostiene con un enorme esfuerzo financiero por nuestra parte (materializado en forma de impuestos y, especialmente, cotizaciones sociales). Además, es claro que el envejecimiento poblacional nos obliga a replantearnos la escala de estas prestaciones para hacerla sostenible. Es inevitable de la cobertura pública disminuya en los próximos años (al menos temporalmente hasta que el tamaño relativo de las generaciones de perceptores y cotizantes se recupere de los desequilibrios extremos que veremos entre 2030 y 2060). Como sociedad, debemos alcanzar un “mínimo común denominador” de consenso sobre las prestaciones fundamentales. Los individuos que deseen un mayor grado de protección tendrán que recurrir al aseguramiento personal. Esta tendencia va a ser especialmente visible en las prestaciones de jubilación que, de hecho, ya han experimentado un cambio muy profundos tras la reforma de 2013.

Esto supondrá un cambio importante para una sociedad que ha crecido acostumbrada a la protección del Estado. Hacer de la escasez virtud será difícil en estas circunstancias, pero puede plantearse un resultado positivo de esta situación: devolverá al ámbito individual una series de decisiones que nunca debieron delegarse totalmente en agentes externos. La generosidad de la provisión pública ha llevado en la actualidad a una situación de evasión generalizada ante muchos de nuestros “dramas existenciales”, como la enfermedad o la perdida de nuestra capacidad productiva con la edad. Pero, como indiqué antes, cómo respondamos ante esas realidades en buena parte nos define como personas.

El repliegue del manto sobreprotector del Estado nos obligará a enfrentarnos al futuro. ¿Estamos preparados para hacerlo? ¿Cuántos de ustedes han pensado en cuanta renta necesitarán el día que se jubilen? ¿Y 20 años después? ¿Y de que recursos disponemos en caso de una larga enfermedad propia o de alguno de nuestros seres queridos? ¿Es razonable que esperemos que el Estado resuelva íntegramente estas cuestiones por nosotros?

En resumen, las dificultades financieras que acechan a nuestro Estado del Bienestar nos obligan a retomar (al menos en parte) el timón de nuestras vidas … esto supone: informarnos y actuar. Desde estas páginas ayudaremos con la información y con recursos de “auto-ayuda”, pero nuestra convicción última (siguiendo a nuestro padre espiritual, Adam Smith) es que la mejor solución radica en apoyarnos en la ayuda de profesionales especializados (tanto en el diseño de las soluciones como en ayudarnos a ponerlas en práctica). Igual que no confiamos en el “hágalo usted mismo” cuando se estropea nuestro coche o tenemos problemas serios de salud, mantener nuestro bienestar financiero exigirá ayuda externa. El panorama futuro es complicado, pero una combinación razonable de nuestro esfuerzo, una buena dirección técnica y algo de ayuda para mantener nuestro comportamiento en el tiempo tienen buenas posibilidades de éxito. Con todo ello (carácter, planificación individual y la ayuda inestimable de los seguros colectivos) podemos navegar con confianza las tormentas y diluvios que acechan en nuestro horizonte.

 

Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial